Cocina

A los 19 años, Lucía Freitas comenzó sus estudios en la Escuela Superior de Hostelería de Artxanda (Bilbao). Ese fue el momento inicial del camino. Desde entonces no ha cesado en su formación, siempre trabajando duro para poder seguir aprendiendo de los mejores.

Su paso por Mugaritz, donde descubrió el mundo verde y las huertas y donde se impregnó de la filosofía y de los valores que rodean al producto de cercanía que a día de hoy caracterizan su trabajo. Y en Relais Chateau como jefa de pastelería de su restaurante Tápies. Este momento definió su visión económica y estratégica de la gastronomía como negocio y fue el momento clave que dio lugar a la apertura de su primer restaurante: A Tafona, inaugurado en 2009 en su tierra natal, Santiago de Compostela, en A Coruña que cuenta con estrella Michelin. La gallega tiene otro restaurante, un tercero en camino, y más proyectos en mente.

¿Qué podemos encontrar en A Tafona? ¿Cuál es vuestra propuesta gastronómica?

A Tafona es mi restaurante base, mi casa madre. Abrí hace quince años y es un restaurante que está ubicado a escasos metros del mercado de abastos, en el que vas a encontrarte una cocina muy personal, una cocina que está muy basada en el producto de temporada, en mi propia huerta y en la huerta de muchas paisanas que vienen al mercado de abastos.

Hay mucho mar, mucho marisco. Es una cocina muy delicada y, a la vez, está llena de tradición. Una tradición revisada, una tradición pasada por mi software mental. Intento crear sensaciones al comensal para que cuando se siente a comer en mi casa sienta el entorno, el territorio, así como todas las manos que hacen posible esos productos. Por eso también está rodeado de caras de mujeres productoras, que hacen posible que yo tenga esos productos en el menú.

Siempre digo que me siento una cocinera muy gallega, pero también muy diferente a otros tipos de cocineras y cocineros que hay en Galicia, porque tengo esa manera de crear mis platos, por ese paladar psicológico que tengo y esas mezclas de dulces, ácidos, salados, contrastes… Y todo eso, de la mano de hacerlo muy elegantemente. Creo que eso es lo que más caracteriza mi cocina: sabores muy reconocibles con muchos contrastes, pero están muy redondos y afinados. Es una cocina muy sentida y pensada.

Estás entre las pocas restauradoras reconocidas con estrella Michelin. ¿Qué sentiste cuando la recibiste? ¿Es algo que condiciona?

Las personas que hacemos este tipo de cocina, más de estrella, el primer nivel que nos ponemos es a nosotras mismas. Lo de la guía viene después, es algo que viene añadido. Yo tengo varios tipos de restaurante, tengo A Tafona, con estrella Michelin, Lume, que es más informal, y yo me siento con la misma exigencia en Lume que en A Tafona, pero también es cierto que sabes que, por el tipo de servicio, el tipo de cocina, no es un restaurante enfocado a estrella, aunque tú sientas que las cosas se hacen con el mismo rigor que en un estrella Michelin.

Pero se disfruta de la misma manera. Quizás la estrella puede tener más corsés. Ellos buscan ciertas pautas que son diferentes. Cuando A Tafona era mucho más informal, que tenía un menú del día, que era lo que yo podía tener en ese momento porque no tenía medios ni clientes dispuestos, era consciente que hacía una cocina muy buena, pero también sabía que no estaba para estrella Michelin. Yo soy la misma cocinera, pero la cocina que hago, y el entorno sobre todo de esa cocina, ya hace unos años que sí es de estrella Michelin.

Hablas de Lume, tu otro restaurante, ¿Qué otros proyectos tienes?

Lume es la barra gastronómica, es mi concepto de cocina más informal y más viajera, y ahora mismo estoy en medio de las obras de mi tercer local, que va a ser una cocina más tradicional y enfocada en el producto.

Luego, a mayores tengo mi proyecto social, que es "Amas da Terra", que me ocupa también mucho tiempo y que además es algo que va creciendo día a día y paralelamente a mí.

Se trata de conocer a productoras y más mujeres que trabajan con el producto, cocineras o artesanas. Enriquece mi cocina, me enriquece a mí misma como persona, y a la vez es un proyecto que le da una visibilidad brutal a muchísimas mujeres que de otra manera no la hubieran tenido, por desgracia.

¿Cuándo y de qué manera nace este proyecto?

En mi cabeza nació hace muchos años. Primero como una manera de devolver un poco lo que muchas mujeres me dieron a lo largo de los años, de mi trayectoria, de mi carrera, y después porque te vas dando cuenta de que en el mundo de la gastronomía todo es una hipocresía, y las verdaderas responsables de que la gastronomía esté donde está, de que el producto esté donde está, son las mujeres.

Todos los chefs y todas las chefs, siempre que hablamos lo hacemos sobre nuestras abuelas, nuestras madres o nuestras tías, que son las que nos hicieron amar la gastronomía.

 

Y luego son las eternas olvidadas, las eternas transparentes. Llegamos al punto de no darles el valor que tienen, y nos vamos a quedar sin esas productoras, porque ya nadie va a querer coger ese relevo. Ya no es solo que muchas de ellas estén en autoempleos que prácticamente no son rentables, es que luego encima no tienen la aprobación social que deben tener. Aquí en Galicia, aún hay gente que decide ir a estudiar una carrera para luego a lo mejor volver al rural y coger el negocio de sus padres, y es como que está mal visto.

Así que hay muchas mentalidades que cambiar. A mí no me gusta mucho el protagonismo, así que consideré que la mejor manera era desviar ese foco de la estrella Michelin, y hacer algo con eso. Ahora mismo tengo la capacidad de que la gente me escuche, yo no tengo mejor manera que poder usarlo para ayudar a muchas otras mujeres que están en mi situación de hace diez años, cuando no me conocía nadie, cuando no tenía medios, cuando a veces no tenía ni fuerzas para abrir cada mi restaurante, porque las pasaba muy puñeteras…

Para mí es algo de justicia que tengo la suerte de poder hacer. Además, ahora tengo un poco más de tiempo -tampoco mucho más-, pero sí que tengo una estructura en mi empresa que me permite poder ir un día a visitar alguna zona para conocer a productoras, ir con periodistas y llevarles allí, y que hablen con ellos y les enseñen su manera de trabajar, y que puedan salir en revistas de aquí, de Italia, de Inglaterra o de donde sea.

Además, soy una persona a la que le gusta dar aliento, también por lo mismo, porque llevo quince años yendo al mercado de abastos de Santiago cada día, y cuando estaba en mis peores momentos, cuando tenía dificultades, siempre tenía los consejos de todas ellas, y la fuerza que me daban para que siguiera adelante. Y eso es algo que llevo dentro de mí, ese intentar ser inspiradora para ellas y, a la vez, hablar de sus problemas diarios, hacer ese enfoque en otro tipo de cosas, y ayudarlas en lo que se me da bien a mí, que yo soy un "I+D con patas", y darles nociones e ideas es algo para mí muy fácil.

Hablemos de los certámenes de cocina, quedaste segunda en el Concurso Cocinero del Año de 2016. ¿Qué representó para ti?

Para mí fue una victoria. Me apunté al Concurso Cocinero del Año por lo de que no había muchas mujeres. Yo tenía el restaurante A Tafona con un socio, con el que llevaba siete u ocho años cocinando juntos. Realmente, para mí era duro, porque éramos dos personas en cocina, y se suponía que él era el de cocina y yo la de pastelería. Y sí que es cierto que se me da muy bien la pastelería, sí que es cierto que, además de en cocina, me formé también en pastelería, pero de cierta manera me fastidiaba como mujer, porque se suponía que solo podía ser la pastelera. Y eso pasa a día de hoy.

Aún ahora, a las mujeres se les cuestiona si cocinan o no cocinan. Me hierve la sangre cuando escucho a grandes chefs de este país diciendo: "esta no cocina". Fíjate, qué paradójica es esta profesión, que nosotras las mujeres lo mamamos, somos las que transmitimos el recetario, y luego somos a las que se nos cuestiona si somos capaces de liderar una cocina, cuando somos mucho más organizadas… Y eso para mí era un dolor.

Así que me apunté al Concurso Cocinero del Año, simple y llanamente porque quería poder llegar a ganar y que me llamaran cocinera del año, cocinera, no pastelera.

Yo quizás fui más a ver lo que era. Poder ir a Bilbao, que era donde había estudiado y, en cierta manera, poder demostrarle a mi escuela que seguía ahí, que seguía luchando por mi sueño, que era cocinar. Y espero que la gente que lo venga a vivir a Galicia lo viva igual. En Barcelona pasé muchos nervios. Escuchaba a la gente hablar y pensaba: "¡Madre mía, yo que hago aquí, si yo no tengo ni idea!". Al lado de ellos… Y luego me di cuenta de que es más sencillo que todo eso, que solo tienes que cocinar, sentirlo y humildemente exponer tu trabajo.

El resto ya se verá. Todos, de boca son muy buenos, pero lo bueno de la cocina es que eres tú y un fuego, y ya está. Y no hay nada sabido, por más que entrenen… Hay gente que transmite cocinando y que da igual que entrene o no. Pero para mí fue un antes y un después. Luego, nos vamos viendo a lo largo de la vida, porque todos somos cocineras y cocineros que queremos llegar lejos, que queremos dar lo mejor de nosotros, y la vida nos va demostrando que vamos a coincidir en muchos sitios más.

Cada vez hay más mujeres, pero son siempre menos las chefs en cocinas y restaurantes de nombre, ¿por qué?

Cada vez hay más mujeres, pero tienen que cambiar mucho las formas. Mi prioridad es contratar mujeres. Te puedo asegurar que, si hay un currículum de una mujer que por peso tiene menos posibilidades que cuatro hombres, ella va por delante. Pero cuesta que me lleguen. Me cuesta no sabes cuánto hacer el equipo completo de mujeres. Y para mí, muchas veces, es una derrota formar un equipo que solo tenga una mujer. Porque siento que puedo hacer mucho por todas ellas, van a estar en un sitio trabajando en el que van a sentirse capaces, a tener las herramientas para sentir que valen y que, el día de mañana, puedan llegar ellas a tener su restaurante propio como yo.

Pero es difícil. Lo reconozco, porque aún priorizando currículos de mujeres, no entran. Pero también sé hacer la segunda lectura. ¿Por qué no entran? Si hablamos de la cocina normal, la cocina de todos los días, de los restaurantes normales, la mayoría son mujeres.

Cuando se va a rangos de cocina militarizada, esclava, dura, con malas maneras, evidentemente las mujeres acaban tirando la toalla, muchas, no todas evidentemente. Quizás las que aguantamos tenemos un carácter más fuerte, pero eso es evidente que va a cambiar.

Está cambiando, porque las formas ya no son las que nosotros vivimos hace años. Yo creo que lo que más echaba para atrás o lo que más hacía que las mujeres se quedasen en el camino, eran las maneras. Siempre cuento el caso de una chica, aquí en Galicia, que decían que tenía mucho talento. Me puse en contacto con ella, para que trabajase para mí, y me dicen que hablaron con ella y que había dejado la cocina, porque en el restaurante al que fue a trabajar le hicieron sentir que no valía nada. Y decidió cambiar de profesión.

No debería ser así, pero por desgracia, muchas se quedan en el camino por eso, por esas formas y esas maneras de la antigua hostelería, que todavía siguen presentes en algún que otro restaurante.

También por el tema maternidad… ¿Tú has logrado compaginarla? ¿Qué consejos darías en este ámbito?

Primero, encontrar una empresa que esté dispuesta. Es muy difícil porque la alta cocina está mal planteada en este aspecto. La cocina gastronómica está planteada para unos horarios que, por mucho que se mejore, son muy extensos, y horarios que son partidos, con lo cual son muy difíciles de compaginar con una maternidad.

En mi caso, evidentemente yo era empresaria, bueno, autoempleada. Yo soy madre soltera y tuve a mi hijo entre la semifinal y la final del Concurso Cocinero del Año. Me quedé embarazada al poco de clasificarme, viví todo el embarazo, di a luz y, a los 23 días, fui a la final, con mi hijo prácticamente en brazos.

Siempre digo que no soy ejemplo de nada, porque por desgracia, en esa final fue de las últimas veces que cociné con mi socio. Luego, se disolvió la sociedad, por cosas que no vienen al caso, pero fueron momentos muy duros para mí, porque me quedé sola con el restaurante, llena de deudas, y con un bebé de 23 días. Así que los dos primeros años de vida de mi hijo, no pude disfrutar de él. No pude elegir, no pude decir, "voy menos horas a trabajar" o "hago media jornada", porque tenía que abrir y cerrar el restaurante cada día.

Llegaba a mi casa la 1 de la madrugada, reventada de trabajar como un animal, que ni siquiera venía por la tarde a casa. Me traían a mi hijo para verlo y fueron momentos muy duros.

Yo sé y espero que ninguna mujer va a hacer eso por otra persona, siendo trabajadora. Entonces, cuando tú tienes tu restaurante, no puedes elegir. Después de la estrella Michelin sí que es cierto que me cambió mucho la vida, empecé a tener clientes y empecé a tener dinero para poder contratar a gente. Y preferí quizás tener menos salario, pero poder tener dos manos más que me permitiesen poder estar con mi hijo.

Aún así, mi familia es muy diferente al resto de las familias. Mi hijo ayer cenó conmigo en el restaurante, luego se fue a casa, yo llegué del servicio… Es muy diferente una familia vinculada a la hostelería. Si hablas con cualquier persona que se haya criado en un restaurante, te explican de todo, desde dormir en la parte de arriba… Pero los tiempos han cambiado y mi prioridad es estar con mi hijo.

Mi vida es ser cocinera, y es otra manera de conciliar. Por eso digo que yo no me considero un ejemplo. Vas madurando con los años, y mi cocina no tiene nada que ver con la de hace quince años.

¿Cómo ha sido tu evolución en la cocina?

Yo soy cocinera, y lo soy porque amo cocinar. Cuando abrí, con 27 años, lo hice porque no encontré trabajo. Yo quería volver a mi tierra, me ofrecieron la oportunidad de abrir el restaurante que tengo ahora, tenía a mi socio, que era mi pareja, y dijimos "adelante". Yo estaba llena de inseguridades, llena de miedos y, pese a venir de restaurantes gastronómicos de trabajar, cuando abrí lo hice con una pequeña carta y un menú del día, porque la gente me decía que si no lo tenía no me iba a venir nadie.

Empezamos a trabajar y lo hacíamos tan bien -porque mi vida era esa, en mis días libres iba a adelantar trabajo- que para mí era un placer, no lo veía como un trabajo. Cualquier plato de los que tenía en mi menú del día lo puedes comer ahora en cualquiera de mis restaurantes, porque estaban tan trabajados que es así. Después de ocho años y medio, cuando ya tuve a mi hijo y me quedé sola en el restaurante, fue cuando me di cuenta de que no podía seguir así, porque estaba cambiando el dinero de manos.

Era feliz cocinando, era feliz porque la gente venía a mi restaurante, pero el menú del día se acabó "comiendo" la carta. De lunes a viernes tenía el restaurante lleno, y los fines de semana renqueaba, porque la gente podía comer por 12 o 15 euros como un marqués con el menú. Y eso me acabó pasando factura. Entonces fue cuando decidí liarme la manta a la cabeza.

En ese impasse, me surgió ser la chef ejecutiva de un restaurante en Nueva York, organizando, diseñando la cocina, el menú, los platos, e hice dos viajes allí para conocer el producto, a los productores, y formar mi plantilla allí.

Mi sueño era lo que es a día de hoy A Tafona, un restaurante con siete mesas -que ahora se va a quedar en cinco, lo voy a hacer más pequeño- y hacer lo que quería, que era mi menú degustación, un menú gastronómico.

Mis viajes a Japón, la madurez, hace que te quites muchas cosas. No necesitas estar demostrando todo el día, y eso en la cocina se nota. Se va desnudando tu cocina. Viajar me aportó muchas ideas nuevas, darte cuenta de que la sencillez puede servir para causar una sensación especial en el comensal. Y en el camino estoy. Gracias a la estrella, también puedo hacer una cocina mucho más vegetal, cosa que antes me daba miedo, y ahora en el menú degustación puedes tener dos o tres platos vegetales.

Lume me dio alas para hacer cocina de mis viajes, cocinar lo que quiero. Cosa que llevaba tiempo sin hacer, porque cuando te metes en el concepto de Michelin, acabas encorsetada, pero no por la guía, sino porque tienes que hacer las cosas y organizarlas de tal manera que se pueda llegar a los turnos.

Haciendo platos de ocho técnicas, con cinco o seis personas en cocina, no puedes reducir horas, y eso entra dentro de la ecuación también. A veces hay que desaprender lo aprendido y quedarte con la esencia, y en ese momento vital estoy.

¿Cuándo abrirás tu tercer restaurante?

Este verano. Estoy empezando ahora con las obras. Es más cocina de raíz, mucho producto, basado mucho en la brasa, en un horno de asar, en el que quiero hacer masas de pan y convertirlas en bolos, hacer asados, tener pescados madurados, que es algo que hasta hoy no he hecho nunca, igual que las masas.

También me da un poco de miedo, porque sí que he hecho pan, pero no todos los días para el servicio. Son cosas que me dan respeto. Voy a trabajar solo con leña, y esos retos son los que me hacen sentir viva. Te hacen a veces estar sin dormir, pero esos miedos en parte son buenos, y retarte a ti misma es lo que te hace crecer y, sobre todo, hacerte sentir que eres capaz.

Todos tus restaurantes están en Santiago de Compostela, ¿es por un nivel práctico y operativo?

Sí, de hecho, los tres restaurantes están todos a un minuto del mercado de abastos, que es otra apuesta que tengo, porque es mi despensa. Que estemos cerca también ayuda a que se mantenga ese mercado.

Este año, la primera semifinal del Concurso Cocinero del Año se va a hacer en A Coruña, gracias al apoyo de la Diputación. ¿Cómo lo valoras? ¿Qué puede aportar la ciudad a este evento?

A Coruña es una ciudad que tiene una gastronomía increíble. Hay grandes cocineras y grandes cocineros en torno a esta ciudad. Además, el producto es bestial, de eso no me cabe la menor duda. Cuando yo fui a mi semifinal, entre otras cosas fui porque era en Bilbao, que es donde yo estudié cocina, y hay una raíz ahí que creo que me llamó. Que sea en Galicia también puede hacer que muchos cocineros se animen para ir y vivirlo, que es lo importante.

Hay mucha gente que se prepara horas y horas para estos concursos. En mi edición, una persona se había presentado a casi todas las ediciones, y también es emocionante ver a esta gente que, al final, lo consigue, y entrenan como si fuera el Bocuse. Yo no pude ni entrenar, porque encima los productos que yo usaba eran de temporada, yo estaba con la barriga enorme… Pero para mí, esta gente que está con un objetivo fijado y entrenando y entrenando tiene un mérito muy grande.

Los métodos de cocción que usamos a diario tienen un impacto significativo en el medio ambiente debido a las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI), como el dióxido de carbono (CO2), el metano (CH4) y el óxido nitroso (N2O). ¿Cuál es el impacto medioambiental de las técnicas de cocción?

Estas emisiones contribuyen directamente al cambio climático. La magnitud del impacto varía dependiendo del método de cocción empleado y del tipo de combustible utilizado, siendo los combustibles sólidos como la leña o el carbón los que generan más emisiones, mientras que los combustibles líquidos y gaseosos, como el gas licuado de petróleo (LPG), son generalmente más eficientes y menos dañinos.

Tipos de cocina y cocción

Además de las emisiones directas, la eficiencia energética de los métodos de cocción desempeña un papel crucial en la reducción del impacto ambiental. Las tecnologías más eficientes requieren menos energía para cocinar, reduciendo el consumo de combustibles y, por tanto, las emisiones.

Por ejemplo, las cocinas de inducción y los hornos de microondas, que utilizan menos tiempo y energía para alcanzar la temperatura adecuada, son más respetuosos con el medio ambiente que las estufas tradicionales de combustibles sólidos.

Otro aspecto a considerar es el impacto ambiental relacionado con la producción y disposición de los equipos de cocción. Los materiales utilizados para fabricar hornos y estufas, así como la energía consumida durante su fabricación, contribuyen al impacto total.

Aquí es donde los electrodomésticos que ahorran energía, como las cocinas de inducción o los hornos solares, tienen un gran potencial para reducir las emisiones. Los hornos solares, aunque menos comunes, representan una opción ideal al no generar emisiones durante su uso.

El uso de combustibles sólidos tradicionales, como la leña o el carbón, además de ser ineficiente, tiene efectos negativos en la salud humana.

La contaminación del aire interior resultante de la combustión de biomasa en hogares es una causa importante de infecciones respiratorias agudas, especialmente en países en desarrollo.

Este tipo de combustión está también vinculada a enfermedades graves como la tuberculosis. Por lo tanto, la promoción de métodos de cocción más limpios no solo reduce las emisiones, sino que mejora la salud pública.

Al comparar los métodos de cocción, aquellos que utilizan electricidad, especialmente si proviene de fuentes renovables, son mucho más sostenibles a largo plazo que los métodos dependientes de combustibles fósiles o biomasa.

Además, los métodos tradicionales de cocción, que requieren tratamientos térmicos prolongados, no solo son menos eficientes, sino que también producen compuestos secundarios dañinos como peróxidos y productos de la oxidación de grasas.

Residuos de cocina y su impacto medioambiental

Finalmente, para reducir el impacto medioambiental, es crucial optimizar el manejo de los residuos de cocina. El reciclaje de desechos, la conversión de aceite usado en biodiesel o la producción de biogás a través de la digestión anaeróbica son estrategias efectivas para minimizar las emisiones generadas en la cocina.

En resumen, adoptar tecnologías de cocción más limpias y eficientes, y gestionar adecuadamente los residuos son pasos esenciales para reducir el impacto ambiental de nuestras cocinas y promover un futuro más sostenible.

Cal Ticus es un restaurante privilegiado, por su ubicación, en el corazón del Penedés, en Sant Sadurní d’Anoia, entre bodegas centenarias y viñedos, y por liderar el movimiento Slow Food en la comarca, gracias a Joan Martínez (Sant Sadurní d’Anoia, 1987), al frente de su cocina desde hace cuatro años. Joan es de aquellos chefs y hosteleros que llevan en la sangre el oficio. A pesar de estudiar Educación Ambiental en Motril, nunca dejó de “tener un pie” en la cocina. Así, con el paso de los años fue aprendiendo, de forma autodidacta y fijándose en la cocina de casa. Su inquietud por mejorar técnicamente le llevó hasta la escuela Hofmann, donde aprendió las bases de la cocina profesional. 

Desde 2020, Joan Martínez padre dio un paso al lado y dejó el negocio familiar en manos de sus hijos, entre ellos Joan. A partir de ese momento el restaurante dio un giro hacia el movimiento slow food, hacia la sostenibilidad en la cocina y en lo social. Casi cuatro años después, Joan, junto a su hermano Oriol, se enorgullecen de liderar uno de los mejores restaurantes de la capital del cava. 

Joan, te empezaste a formar de forma autodidacta, pero un día decidiste dar un paso más. ¿Recuerdas aquel momento? ¿Por qué quisiste darlo?

Desde los 16 años siempre he estado relacionado con la hostelería, ayudando al bar que tenía mi padre, poniendo cafés, y tirándolos también (bromea)… Cuando acabé los estudios de Salud Ambiental volví a Sant Sadurní y me puse a trabajar en el restaurante familiar, pero en la cocina. Eso sí, sin ningún tipo de formación. Fui aprendiendo de mi tío y de mi madre. He leído muchos libros de cocina. Pero sí, decidí dar el paso y estudiar porque necesitaba “caminar solo en la cocina”. Entender que la cocina son muchos caminos y tú eliges el que más te interesa. 

Y acabé haciendo un curso en la Hofmann. Además, he estudiado Nutrición en la UOC e hice un curso de Cocina Vegetariana estricta, con Alex Pirla. Mi objetivo era formarme para no depender de nadie, para coger mi propio camino. De hecho, si hace años me preguntas si quería ser cocinero te hubiera respondido que “ni de locos”, porque este oficio a veces te lleva a una mala vida, a mucho estrés… Por eso, hemos querido en nuestro restaurante hacer las cosas diferentes, porque, por desgracia, he conocido lo que es la hostelería desestructurada, la que es insostenible a nivel social. En nuestra empresa somos un equipo sano, con buenos hábitos, tenemos buenos horarios… Es genial estar en un ambiente sano. En el mundo de la hostelería conviene estar en ambientes sanos.  

Aunque lo tuyo viene de familia, ¿hay alguien a quién te guste considerar tu maestro/a? 

Es cierto que de todos puedes coger cosas y hacerlas tuyas… Pero si tengo que destacar a alguien que me ha marcado en mi aprendizaje es Faustino Monje, que fue mi profesor en la Hofmann. Un chef que estuvo varios años en elBulli y que tiene un gran conocimiento de la cocina, de las técnicas culinarias… A mí me enseñó lo que es la cocina tradicional y para mí, durante mucho tiempo, ha sido mi referente. 

El equipo de Cal Ticus cocinando entre viñas
El equipo de Cal Ticus cocinando entre viñas.

Cuando os hicisteis cargo del negocio, ¿qué fue lo que más pena te dio eliminar o cambiar del anterior Cal Ticus y de qué te sientes más orgulloso de haber implementado en tu etapa?

En el Covid a mi padre le diagnosticaron una enfermedad, por lo que Oriol y yo nos tuvimos que hacer cargo del restaurante. Fue cuando hicimos una fuerte apuesta por el Slow Food, pero, en realidad, mi entrada en el negocio ha sido de forma muy paulatina. Todo lo que hemos ido cambiando ha sido desde una perspectiva de mejora, por eso, no me sabe mal haber dejado atrás nada. De hecho, me siento orgulloso de haber conseguido un restaurante sostenible a nivel medioambiental y social. Porque estamos en una profesión en la que es muy triste que un titular sea que un chef le paga todas las horas extras a su personal. En este oficio todos tenemos familias, tenemos vida, y es triste que por el hecho de que sea una profesión muy esclava, tenemos que asumir que no podemos tener vida más allá del trabajo. Es un oficio que se hace desde el corazón, y por eso hay gente tan buena en la cocina, porque lo haces desde el corazón y aguantas mucho. De hecho, es complicado seguir adelante si no tienes vocación en un oficio en el que, por lo general, se dan unas condiciones laborales tan duras y a veces con tan poca recompensa. Por eso, conseguir lo que hemos conseguido, nos encanta. Cuando la gente trabaja contenta las cosas salen mejor. Y además, trabajar con productores de proximidad, que hacen las cosas con cariño… Yo creo que es el camino. 

¿Qué significa para ti la cocina? 

Para mí la cocina ha sido mi terapia, mi refugio, mi caballo de batalla… Cuando uno cocina, vives cocinando. Dar de comer a los otros es algo que hago con mucho cariño. Y por eso me preocupa el tema de la nutrición, porque hay muchos malos hábitos y es importante que nos cuidemos, porque los alimentos son nuestra medicina. 

¿Cómo definirías tu cocina en Cal Ticus? 

La cocina de Cal Ticus es una cocina sana, sostenible, equilibrada, tradicional, catalana, mediterránea, de contrastes, de sabores elegantes y potentes. Una cocina que pretende ser simpática de comer y de digerir. Y que quiere permanecer en el recuerdo de los que la prueban. 

¿Qué tipo de cliente tenéis en el restaurante?

Muy variado, porque viene desde el alto ejecutivo hasta jóvenes o trabajadores de fábricas. Pero todos ellos tienen una cierta inquietud, buscan calidad gastronómica. Además, cuando les explicas el proyecto aún lo valoran mucho más. 

El chef Joan Martínez en su cocina de Cal Ticus.
Joan en su cocina de Cal Ticus.

Un restaurante ubicado en la capital del cava, sin duda, tiene que tener claras influencias vitivinícolas. ¿En qué se nota más?

Tenemos más de 200 referencias de vinos y espumosos, y prácticamente el 90% es del Penedés. En Cal Ticus nos gusta mucho el mundo del vino y por eso lo cuidamos: tenemos buenas copas, los vinos los guardamos y servimos a su temperatura adecuada, tenemos añadas antiguas, catamos y buscamos mucho, entendemos el vino, las variedades… Tenemos muchos productores jóvenes, de al lado, a los que apreciamos y cuidamos… 

¿Cuál es el plato del que más orgulloso te sientes? 

Es difícil elegir. Yo intento hacer una cocina tradicional bien hecha, y que cada vez me salga mejor cada plato. Por eso, no es que haya creado algún plato especial. Cocino lo que hemos comido toda la vida. Trabajamos muy bien la temporada, el producto y cuando alguien te dice que es el mejor plato que ha comido de esa receta o de ese producto, pues te sientes muy orgulloso. 

¿Cuál es tu ingrediente fetiche y el que nunca entraría en tu cocina?

Hay muchos imprescindibles en mi cocina, desde el aceite de oliva, hasta el ajo, el tomate y la cebolla. También el arroz es un producto muy humilde que me encanta cocinar. Y el que no he cocinado nunca, pero me encanta, es el foie. Me encanta, pero lo encuentro muy “patético” y no lo he comprado nunca. Y eso que, me encanta, pero no, no lo he cocinado nunca ni lo haré, ni lo consumo.  

Los restauradores que formáis parte del movimiento Slow Food sois como una familia ¿Qué lugar recomendarías con los ojos cerrados para el que quiera empezar a recorrer las mesas Slow Food? 

Pues la verdad es que a todos los que he ido he comido muy bien, realmente bien. Y cuando quedamos para hacer comidas conjuntas en las que todos traen algo, yo alucino de la calidad gastronómica y el cariño con el que están elaborados todos los platos. Y todos son fantásticos, pero, por ejemplo, en El Terrat, lo hacen muy bien, Moha Quach cocina realmente bien. Es un sitio que me gusta y que siempre recomiendo. 

¿Qué opinas de la tendencia en hostelería hacia la sostenibilidad? ¿Crees que todos los restaurantes pueden ser sostenibles?

Bienvenida sea. De hecho, el colectivo Slow Food no debería existir, porque debería estar ya en el ADN de todos. Pero estamos muy atrás de lo que debería ser. Ojalá, en breve, esté todo más estructurado, se sumen muchos más, y ojalá también la administración nos apoye más… Necesitamos más ayudas, necesitamos explicar mucho más, necesitamos más escuelas, necesitamos hacerlo mucho más sostenible. Espero que no sea un simple ecowashing. Pero la realidad es que el mundo no es sostenible. Eso sí, todos podríamos hacer pequeñas cosas para ser más sostenibles, para mejorar. Pero para empezar, la política tendría que ser más sostenible, más respetuosa con estas sensibilidades, y las escuelas. Porque en las escuelas se forman a los que en el futuro trabajarán y comerán… 

Un deseo de futuro. 

Dignificar la profesión y que pudiéramos enseñar cocina sostenible y a alimentarse de una manera sostenible a los niños y jóvenes, así habríamos ganado la partida. 

El mal diseño del espacio de trabajo en la cocina de un restaurante puede dificultar significativamente el trabajo de los cocineros y facilitar la generación de desperdicio alimentario.

¿Cuáles son las razones principales de un mal diseño en la cocina?

Ineficiencia de los flujos en cocina:

  • Un diseño de cocina mal planificado puede causar interrupciones y retrasos en el flujo de trabajo. Por ejemplo, si las partidas de trabajo están mal ubicadas, los cocineros pueden tener que recorrer largas distancias para obtener ingredientes o utensilios, lo que resulta en pérdida de tiempo y potencialmente en alimentos preparados que se enfrían o deterioran por oxidación o por perder frescura durante el traslado o pueden resultar ingredientes quemados entre idas y venidas.
  • La falta de separación adecuada de áreas (por ejemplo, entre la preparación de alimentos crudos y cocidos) puede aumentar la probabilidad de contaminación cruzada, lo que puede hacer que los ingredientes se vuelvan inseguros para el consumo y deban desecharse.
  • Si el diseño y los procesos no son claros o son complicados, el personal de cocina puede no estar adecuadamente capacitado para seguirlos y esto aumenta la probabilidad de errores y desperdicio.
  • Si los chefs y el personal de cocina no tienen fácil acceso a los equipos y herramientas necesarias, pueden ocurrir errores durante la preparación y cocción, como sobrecocinar o quemar alimentos que luego deben desecharse.

Almacenamiento Inadecuado:

  • La falta de espacio de almacenamiento adecuado puede llevar a que los alimentos se almacenen de manera incorrecta, como apilados unos sobre otros. Esto puede causar daños y deterioro más rápido o contaminación cruzada por almacenar verduras frescas en el mismo espacio que carnes crudas deteriorándose más rápidamente.
  • Un espacio de trabajo desordenado dificulta el seguimiento de los ingredientes y su rotación. Es importante porque este problema conlleva que los alimentos queden olvidados y no se utilicen antes de su fecha de caducidad.
  • Otra cosa es la falta de instrucciones claras sobre la separación y almacenamiento de ingredientes. En este caso, una causa es la mezcla inadvertida de productos frescos y productos a punto de caducar.
  • Por tanto, un mal diseño del espacio de trabajo en la cocina de un restaurante puede crear numerosas ineficiencias y problemas que resultan en desperdicio alimentario. Un diseño bien planificado y organizado es esencial para garantizar la eficiencia, la seguridad alimentaria y la minimización del desperdicio.

A veces, el destino juega “muy buenas” pasadas. Esto es lo que le sucedió a Eli Farrero (Barruera, 1985), porque si le llegan a decir hace 20 años que acabaría convirtiéndose en una de las cocineras catalanas más reconocidas del panorama actual y además, por una cocina elaborada en La Vall de Boí, el corazón de los Pirineos, seguramente no se lo hubiera creído. 

Y es que, cuando era una adolescente apuntaba para ser campeona de salto ecuestre (su habilidad en esta disciplina la llevó a disfrutar de una beca en Lleida en 4º de ESO). Luego, prefirió “dar el salto” a Barcelona para cursar Física, aunque solo un año después volvió a saltar, esta vez, para pasarse a Humanidades, en la Pompeu Fabra. Tanto vaivén ya pronosticaban sus dotes artísticas que querían salir a borbotones, pero que no veían -por aquel entonces- cómo hacerlo. El destino, sin embargo, le tenía guardadas muchas otras sorpresas. 

Porque sus numerosas inquietudes la llevaron a los terrenos de lo cultural, de la filosofía, del arte… Pero tal y como ella recuerda, en ninguno de esos caminos encontró el suyo. “Tenía la necesidad de crear, de hacer algo por mí misma, pero no sabía qué”, comenta Eli.  Así que, ante tanta duda, decidió realizar un largo viaje para encontrar su inspiración. Acabó en Canadá, donde conoció “a su inspiración”: su pareja en aquel momento personal y profesional, Pierre Cosnard.

De nuevo el destino le reservaba una sorpresa: un vuelta a su pueblo natal, a Barruera, para ayudar en el negocio familiar que, rápidamente, ella supo adaptar de tienda de artesanía a restaurante: El Ventador.  Allí, junto a su compañero en aquel momento, ha ido construyendo todo un lenguaje culinario que ha embaucado y enamorado tanto, que la hicieron merecedora del Premio Nacional al Cocinero Revelación del 2022, según la Academia Catalana de Gastronomía y Nutrición.

¿Recuerdas aquel día en el que decides “dejarlo todo” para entrar de lleno en la cocina?

Fue todo un poco casual y progresivo. Yo estaba en Barcelona, subí a Barruera a ayudar a mi madre y poco a poco… Lo que me atrapó es poder hacer un proyecto mío, con una personalidad, poder transmitir mi visión de la cocina y de la hostelería, porque todo está hecho a nuestra medida: la vajilla, la decoración, el mobiliario… Y, poco a poco, me he enamorado más y más de la cocina. 

Eres una de aquellas personas que deja la urbe para “volver al pueblo”. Tú, además, vuelves a un municipio con poco más de 240 vecinos, en el corazón de los Pirineos para abrir un restaurante. ¿Locura, pasión, atrevimiento, un sueño hecho realidad?

Pues es un poco de todo. Ahora, visto con perspectiva, creo que hubo “falta de realidad”, pero no fue decidida, fue natural… Yo subí a pasar unas Navidad, mi madre iniciaba ese proyecto y me quedé a ayudar. Por eso, ahora creo que “me tenía que pasar esto”. La vida me tenía guardado esto. Porque yo ni pensaba volver a Barruera. Abrimos el restaurante sin saber nada de cocina. Al principio era un local de vinos, tapas… Poco a poco pusimos el menú, aprendí algo de cocina… He ido siguiendo la intuición que tenía dentro. 

Eli y su compañero en la puerta del restaurante.

¿Qué dificultades entraña liderar un restaurante en un lugar tan remoto?

La dificultad más patente de tener un restaurante en la Vall de Boí es que no hay masa poblacional por lo tanto no hay demasiado flujo de personas alrededor para que vengan a probar tu cocina. O coges una fama muy fuerte y la gente se moviliza para probarte, o puedes pasar temporadas muy malas. Pero también hay temporadas muy fuertes. Aquí, pasamos del todo a la nada y es complicado a la hora de mantener equipos, por la logística… 

¿Cuáles son las ventajas?

Estamos en una ubicación privilegiada, única, alejada de las grandes ciudades. Estamos muy tranquilos, en un lugar que nos permite pensar, crear, inspirarnos… Realmente, puedes crear cosas que nacen de ti. Me imagino que en un restaurante en Barcelona ya no tienes ni tiempo de crear. Recibes tantos inputs, tanta información, que no encuentras realmente tu fuente de inspiración propia, o tu fuerza motriz para saber lo que realmente quieres hacer. 

¿Cuál es el secreto para haberlo conseguido, de haber triunfado en un restaurante de montaña?

Esto de la cocina es una cosa viva, de la que cada día aprendes, cada día mejoramos, destruimos para construir. Es un proceso que no se ha acabado. Pero sí es cierto que yo soy una persona muy persistente y he tenido que renunciar a muchas cosas, me he mantenido en mi línea, teniendo que renunciar al camino fácil, quizás, que nos hubiera hecho llenar más. Seguramente, si hay algún secreto sea ese.

Autodidacta, inquieta, curiosa… ¿De quién has aprendido más en esto de llevar un restaurante de cocina de alta montaña?

Sí, porque yo hice Humanidades y, la verdad, es que fue una carrera que me ayudó mucho, porque tocas muchos temas y algunos de los que te interesan continúas investigando. A mí, me ayudó mucho para saber elegir. Han sido unos estudios que me dieron unas bases importantes. A nivel de cocina, pues he ido aprendiendo sola en mi taller de cocina, probando. Yo trabajo mucho el producto de aquí y tienes que probarlo aquí. 

En El Ventador ofreces una cocina creativa, de producto, pero no exenta de exotismos, tanto en ingredientes como en técnicas. ¿Es en esta fusión donde te sientes más a gusto? ¿No sería más fácil hacer cocina 100% de proximidad?

No me gusta decir que hago cocina de fusión, porque no creo que lo sea. Mi base para crear el plato es un producto de temporada y de proximidad. A partir del ingrediente busco la técnica para tratarlo mejor para conseguir el sabor que yo quiero. Por ejemplo, el corzo, que es una carne que se trabaja mucho por esta zona normalmente en estofado. Nosotros lo hacemos en wok, porque hemos aprendido a deshuesarlo y sé tratarlo con diferentes técnicas. ¿Por qué lo hago? Pues para desmitificar que la carne de caza es una carne más fuerte, porque he aprendido a usar las zonas más tiernas y puede resultar una carne fresca y tierna como la de ternera. Por eso, no pienso en fusión, sino que parto del producto y pienso cómo trabajarlo para conseguir lo que busco. 

Los platos de Eli Barruera siempre tienen un toque personal de la chef.

Tu buen trabajo ha merecido algunas distinciones, como el Premio revelación 2022 otorgado por la Academia Catalana de Gastronomía y Nutrición. ¿Cómo te influyó esta distinción? 

El premio me hizo muchísima ilusión. Fue un reconocimiento muy grande a mi trabajo, a 10 años de haber construido un proyecto aquí en el Pirineo, con una coherencia, con una constancia… Porque siempre trabajo con constancia, con mucha exigencia, manteniendo un sueño, de llegar a hacer platos interesantes, o de crear un menú degustación sólo con productos de aquí. Pero, ¿si el premio nos ha llenado el restaurante? No, pero sí he obtenido un reconocimiento en el sector y para mí ha sido muy importante. No sé si habrá algo que me haga más ilusión que aquello.

Siempre os cuestan las definiciones, pero ¿cómo definirías tu propuesta gastronómica? ¿Cocina de proximidad?

No la llamaría estrictamente cocina de proximidad, porque hacer una cocina 100% de proximidad aquí es complicado. Estamos en un lugar donde tenemos abundancia de algunos productos, como la ternera, el cordero, pero de otros no tenemos tanto, porque un lugar donde el invierno nos dura 8 o 9 meses es complicado. De hecho, antes se comía col con patatas durante 9 meses al año y poco más. Nosotros, por ejemplo, empezaremos a tener tomates en septiembre. 

Por eso, nuestra propuesta la definiría como una cocina muy marcada por el producto, respetando al máximo y con el objetivo de expresar su sabor. Estar en medio de tanta naturaleza es un privilegio y vivir en el paisaje es como una fuente de inspiración. 

Menciona cuatro ingredientes imprescindibles o intocables. 

Los intocables, la trucha de río y la ternera, porque es nuestra, de la casa. Y me encanta la berenjena y la mostaza. Pero te podría decir muchos más. 

¿Cuál es el plato del que más orgullosa te sientes, de tu carrera profesional?

Soy una persona como muy desordenada, porque pienso el concepto del plato, pero nunca lo hago 100% igual. Es posible que un mismo plato sea diferente en una mesa o en otra. Porque funciono mucho por conceptos, ideas… Entonces decir solo un plato… Últimamente, he hecho uno muy chulo de cabrito de aquí y con las costillitas hacemos un carré, macerado con leche de la madre y hierbas, y lo horneamos, y lo acompañamos con coliflor ahumado, un poco de espaldita deshuesada con queso de la quesería, y la criadilla rebozada… Así, tienes una idea de lo que es el cabrito, con estas diferentes partes del cabrito. 

También hay algunos platos de berenjena con vegetales, diferentes aceites, sésamo… Haces como un viaje por diferentes sabores, sin perder el protagonista. 

El carpaccio de ciervo ahumado también me gusta mucho, porque es un plato que habla mucho de la cultura del Pirineo, porque lo ahumamos con la madera que se usa en una fiesta de aquí, que son las antorchas que bajan de la montaña, y que tiene un aroma muy particular. 

¿Te gustaría El Ventador en otra ubicación? ¿Te ves cocinando en Barcelona, por ejemplo?

No, no me lo imagino en ningún otro sitio que no sea aquí. Pero tener otro proyecto en otro sitio, no lo descarto, no se sabe nunca lo que el futuro te deparará. 

Un sueño de futuro (profesional). 

Me encantaría trabajar en la Bullipedia, porque me encanta Ferran Adrià. Me encantaría trabajar con él, o con la escuela de los del Disfrutar… Es que me encanta todo lo que hacen ellos y aprender de ellos sería como mi sueño.

Aniol Pararols (Girona, 1993), como muchos otros cocineros, entró en el mundo de la cocina por casualidad y por descarte. Tras no saber qué estudiar, entró en un ciclo formativo de cocina donde descubrió que aquello sí, los fogones era su hábitat. Compaginó estudios y prácticas por diferentes restaurantes de Girona. Pero fue su stage en El Celler de Can Roca donde descubrió  la alta cocina, las filigranas, la investigación, la pasión por el producto y por el detalle. 

Una pasión que siguió engordando, ya como jefe de cocina de otros restaurantes, como el Antaviana, de Figueres, donde aprendió muchísimo de la cocina slow food y Km0, el Swing Gourmet, de Navata, o el Equilibri, también de Navata, donde pudo descubrir todos los entresijos de los restaurantes “de altura”, de la mano de Sergi Roca y Kevin Meisse. 

Pero conocer a Pol Mainat hace poco más de un año, le dio un giro a su vida. Ahora, en El Magnífic (Empuriabrava) lidera un joven equipo de cocina y junto al productor “reconvertido en hostelero”, forman un tàndem “magnífico”. En este local de Empuriabrava, el joven chef deja volar su imaginación y acrecienta su gusto por la cocina bien ejecutada, basada en productos de proximidad, pero no exenta de toque de tierras lejanas. Este verano, por ejemplo, deslumbra con un menú con acento thai. Y es que, para él la cocina, además, debe ser diversión. 

¿Por “quién” te dedicas a la cocina? 

La verdad es que mi padre siempre me había llevado a muchos restaurantes, de diferentes sitios. Ha sido una persona de buen comer y eso me lo ha ido inculcando. Pero yo estoy en esto de la cocina gracias a mi madre y a mi abuela. Ellas siempre han cocinado estupendamente bien.   Pero, en la cocina profesión, entré un poco por descarte, porque como era mal estudiante, decidió hacer un ciclo formativo de cocina. Y desde el primer día lo vi claro: aquello sí me gustaba. 

Pol Aniol en el restaurant El Magnífic
Aniol acabando uno de los platos de la carta en la mesa, delante del comensal.

¿A quién consideras, sin embargo, tu referente en la cocina?

Pues diría que mi profesor Ramon Ferret y Juan Pablo, el jefe de cocina que tuve en el Swing Gourmet. Uno me enseñó a trabajar y el otro a poder llevar una cocina. 

¿Cuál es el mejor consejo que te han dado y quién?

Que luche por mis metras y que defienda lo que sé hacer.

Aniol, ¿cómo llegas a El Magnífic y cuándo? ¿Cómo conoces a Pol y acabas en su restaurante? 

Pues estaba en un momento difícil y por casualidades de la vida, una amiga me puso en contacto con Pol y conectamos enseguida. Yo llegué a El Magnífic tres meses antes de la abertura, el pasado verano, para empezar a crear el concepto culinario. 

Al ser un proyecto de alguien que no venía del mundo de la hostelería, ¿tuviste algunas dudas? ¿Qué fue lo que no te hizo dudar?

Dudas, claro, alguna hubo, como cuando empiezas algo nuevo. De hecho, en un primer momento dije que no porque tenía otras ofertas encima de la mesa, pero estaba más lejos de casa. Yo estaba a punto de ser padre y para mí era una complicación si me alejaba. Así que me decidí por El Magnífic. Además, con Pol, vimos que teníamos conexión y que ambos entendíamos la gastronomía de una manera muy similar. Ambos buscamos la excelencia, el producto de alta calidad. Me di cuenta que con él podríamos crear algo nuevo en el Empordà. Por eso, me decidí.  

Aniol con Pol Mainat, en "la barra de los Siete Magnífico" del restaurante El Magnífic.

¿Qué es lo mejor de este año en El Magnífic? 

Todo. Hemos disfrutado de cada momento. Claro que ha habido momentos difíciles, personal que se va, días complicados porque no viene gente… Además, estamos empezando y en una zona de costa donde el turismo ha cambiado mucho… Y todos los inicios son difíciles, especialmente, aquí, donde se había fomentado mucho la tapa y el frito. Y llegamos nosotros con un concepto de cocina muy diferente, pensado para la gente del país que quiere comer bien. 

¿Cómo confeccionáis la carta? 

A mí me gusta cada temporada elegir un tipo de cocina, de una zona geográfica. Con sus sabores, sus técnicas… Y ahí empiezo a darle la vuelta. Intentamos transformar esos sabores para sorprender al comensal. No quiero ser muy pretencioso, quiero hacer algo para todos los públicos, porque acabamos de empezar. Pero poco a poco queremos ir subiendo el nivel. Ahora, por ejemplo, ya trabajamos algún esférico, como el de guisantes… Vamos a ir sofisticando las técnicas, poco a poco. Esto es una carrera de fondo y hay que tener fuerza y paciencia.  

Las materias primas que utilizáis en el restaurante son de lujo, muchas de proximidad, pero siempre de alta calidad ¿Quién tiene más peso en la elección de las materias primas?

Pues, lo solemos hacer bastante en conjunto, porque no nos gusta hacer nada de forma individual. Por ejemplo, hemos aprovechado contactos de amigos para conseguir algunos productos como el caviar, las anchoas o las carnes de Can Roca, de Ventalló, que es una empresa familiar que lleva 200 años trabajando las carnes. De la selección de los quesos, sin embargo, se encarga absolutamente Pol. Pero realmente lo hacemos siempre en equipo. 

¿Qué significa para ti la cocina?

La cocina ha sido un gran pilar en mi vida. Desde los 16 años ha sido mi guía y un gran apoyo en mi vida. 

¿Cómo definirías tu cocina en El Magnific? 

Es una cocina elaborada con “un productazo”, con una propuesta fresca y creativa, pero donde a la vez, intentamos mantener muchas bases culinarias de antes, algunas ya en desuso. Porque en El Magnífic queremos que nuestro cliente redescubra un Empordà gastronómico como el que había antes. Con una cocina propia basada en unos productos de proximidad que le aportan ese carácter único. Antes había muchos restaurantes así por la zona, pero creo que, cada vez, quedan menos que lo hagan así, con tanto cariño.  

Caballa con curry amarillo, verduras salteadas con kimchee y cacahuete.

¿Qué dificultad tiene trabajar en una ubicación como es Empuriabrava?

Pues, como decía antes, la zona no es la que era. El turismo que llega ya no es el de alto poder adquisitivo o si lo es, ya no gasta lo que antes gastaba. Por eso, nos enfocamos mucho al cliente nacional que valora la buena cocina, los productos de alta calidad y la cocina con toques de sofisticación.

Un plato favorito de los que has creado. 

No tengo ninguno porque todos tienen un toque especial. Personalmente, me encanta toda la repostería, el Lemon Pie de esta temporada, por ejemplo, me encanta, o el postre de coco. 

Un ingrediente preferido. 

El miso, la soja y la lima kaffir, que me encanta combinar con ingredientes de aquí. Pero también me encanta el tuétano, la trufa, el caviar… Pero como en el caso del plato, no tengo un “favorito”. 

Un deseo de futuro. 

Pues, seguir como hasta ahora, porque estoy muy contento de que Pol Mainat haya confiado en mí, porque nadie lo había hecho hasta ahora como él lo ha hecho. Y estoy muy feliz de estar en este proyecto.

Si hay un restaurante en Barcelona que ofrezca auténtica oferta gastronómica vegana, sostenible, responsable y, en definitiva, slow food, este es Rasoterra. Aunque este establecimiento es mucho más que un restaurante que cumple con estas premisas. No en vano, Rasoterra es uno de los locales más emblemáticos de la revolución verde barcelonesa. Desde que Danielle Rossi, presidente de Slow Food Barcelona, abriera sus puertas en 2013, el local se ha consolidado no solo para los paladares que buscan comer con conciencia, sino también entre los comensales que aprecian la cocina bien elaborada, creativa y basada en productos de KM 0. Buena parte de este impulso lo ha dado también la chef Adriana Carcelén, jefa de cocina de Rasoterra desde hace tres años.

Adriana (Alicante, 1981) es licenciada en Bellas Artes. Como todos los aspirantes a artistas, probó suerte en Londres. Fue en la capital londinense donde dejó los pinceles por los cuchillos. Realizó un curso de cocina plant-based y descubrió su otra pasión. Tuvo la suerte de aprender de “chefs inspiradores”, como Bettina Campolucci, Lauren Lovat o Ellie Brown.

La vida le trajo a Barcelona, donde aprovechó para formarse más en cocina, en escuelas como Hoffman y ESHOB. Y solo hace tres años el azar le volvió a jugar a su favor. Sin gran experiencia pero muchísima energía, entró a liderar la cocina del restaurante barcelonés Rasoterra.

Adriana, ¿cómo llegas a Rasoterra y cuándo?

Había ido a cenar a Rasoterra antes de la pandemia y me había encantado, me parecía un lugar muy especial, con personalidad, más cercano al tipo de cocina y de filosofía que yo estaba buscando.

Cuando postearon que estaban buscando personal después del confinamiento, mandé mi currículum, sin muchas esperanzas, la verdad, porque mi experiencia era poca.

Para mi sorpresa Dani, Chiara y yo nos conocimos y empezó esta aventura. De las mejores decisiones que he tomado. De hecho, aceptar el trabajo fue un reto enorme en mi vida que decidí tomar a pesar de todos los miedos. Ahora, siento que el viaje acaba de empezar, estamos construyendo un lenguaje propio y hay mucho por decir todavía.

¿Qué significa para ti la cocina?

La cocina es mi modo de vida y mi modo de ver la vida. Estábamos peleadas al principio por problemas de alimentación, pero, poco a poco, se fue convirtiendo en amor, en lenguaje, en colores, cultura, territorio, cuidado, orgullo. La cocina es el modo en el que me expreso. Uso todo el conocimiento que tengo en otros campos, con otras personas, en otros países para generar experiencias.

Has demostrado que la alta cocina puede ser verde, pero, ¿siempre ha sido así para ti?

Mis abuelos hacían la matanza del cerdo y tengo recuerdos de comer vísceras toda mi infancia. De hecho, trabajé en un asador de pollos con mi madre. Así que no, no ha sido siempre vegetal.

Empecé a cambiar el modo en el que comía porque no me sentía bien con mi cuerpo ni con mi mente. Empecé a leer, a estudiar e informarme, y eso me llevó a intentar ser más consciente del modo en el que me alimento. No tanto de un modo vegetal al principio, como de un modo responsable, consciente, pero una cosa llevó a la otra y no me he arrepentido desde entonces.

¿Cómo definirías tu cocina en Rasoterra?

Vegetal, de ingredientes con nombres propios, de temporada, colorida como los propios vegetales, sabrosa, divertida, sorprendente, con referentes muy diversos, comprometida, queriendo ser zero waste, sin poder serlo todavía, atrevida y llena de influencias de todos los que han pasado por aquí.

¿Qué tipo de cliente tenéis en el restaurante?

Son bio diversos como los vegetales que usamos. Personas de todo el mundo a los que les gusta disfrutar de la gastronomía, el buen producto y del vino natural, eso engloba a mucha gente. Además, suele ser un público que tiene conciencia política y social.

¿Es fácil realizar una cocina vegetariana y de proximidad en una ciudad como Barcelona?

Para lo positivo y lo negativo, la propuesta todavía es muy singular en la zona por lo que no tenemos referentes cerca. Realizamos un trabajo intenso de divulgación con Slow Food y Rasoterra, ya sea en congresos de cocina, talleres, ferias, en el servicio o donde haga falta para que cada día más personas entiendan lo que hacemos en el restaurante. Existen pequeños productores apasionados que creen en este modo responsable de trabajar y con los que colaboramos.

Una vez que vas construyendo el lenguaje, todo se engrana y se hace menos complejo, aun así, requiere de un modo de trabajo rápido ya que dependemos del clima y estamos a su merced.

Dicho esto, no es el modelo de negocio más beneficioso a nivel económico porque los márgenes no son muy elevados, pero es el que creemos que es más justo para todos.

¿Cuál es el ingrediente que más “se te ha complicado”?

No hay uno en especial, es salir de la zona de confort, que cuesta. Cuando cambias los hábitos, los ingredientes, el modo en el que cocinas, tienes que darte un tiempo para empezar a pensar de otro modo. Hay que entrenar la mente y el paladar.

Las recetas son prueba y error hasta que se encuentra lo que buscamos, a veces tardamos más, a veces, menos, como en cualquier otro lugar.

¿Qué dificultad tiene la cocina vegana o vegetariana respecto a la convencional?

La administración no proporciona mucho apoyo ni hacen ninguna labor de concienciación o divulgación al no ser algo cultural. La gastronomía vegetal no está normalizada, falta bastante trabajo, hay mucho desconocimiento y bulos que se cuelan y nos perjudican. La juventud de la cocina plant based es su mayor amigo y enemigo. Todavía hay muchísimo por decir y por desarrollar. Pero es excitante pensar en todo lo que todavía desconocemos.

¿Cuál es el plato del que más orgullosa te sientes?

El que todavía no ha llegado.

¿Cómo es trabajar con dos estandartes del movimiento Slow Food como Chiara Bombardi y Daniele Rossi?

Es un desafío siempre estar a la altura porque son un referente en gastronomía responsable. Creyeron en mí aun cuando yo no estaba segura, me han proporcionado espacio para crecer, mucha libertad creativa, y yo no puedo estar más agradecida por este tiempo. Son el espejo en el que me miro en muchos sentidos, intento aprender todo lo que puedo de su experiencia y aprovechar todo lo que llega.

¿Qué es lo que has aprendido de ellos?

Que hay que focalizarse en lo que haces, defender lo que crees, aunque sea más complicado. Si fuera fácil, no sería un reto.

¿Qué opinas de la tendencia en hostelería hacia la sostenibilidad? ¿Crees que todos los restaurantes pueden ser sostenibles?

Creo que hay mucho greenwashing que hace que el público se confunda y acabe consumiendo lugares que están lejos de serlo. Ser responsable requiere un cambio en las prioridades de los negocios que todavía no estamos dispuestos a aplicar y que las administraciones no acompañan para ayudar al cambio.

José Luis Adán lleva la cocina en sus raíces desde que tenía apenas dos años, guiado por el buen hacer de su madre y su abuela, a las que vio siempre cuidar a la familia a través del paladar. Él convirtió ese talento innato en su profesión, avalado con una amplia formación académica, pero, y sobre todo, con una intensa experiencia gastronómica que ya suma 24 años de esfuerzos, sacrificios y aprendizajes.

Su más que interesante currículum lo adereza con aportar sus conocimientos como asesor gastronómico y ponente en eventos del sector, siendo profesor de cocina y pastelería, y también compitiendo y ganando reconocidos concursos. Y en todo este tiempo, ha visto cómo ha evolucionado la restauración y la cocina, e incluso él mismo, sabiendo mucho más y sintiéndose afortunado por todo lo vivido.

Ahora ha cerrado una etapa en el Restaurante Es Racó d’Artà y sigue al frente de su marca personal, Alquimista de Sueños, mientras anhela una estabilidad profesional y sueña con "emprender en algo pequeñito donde desarrollar nuestra cocina de raíces y experiencias vividas". En esta entrevista el cocinero madrileño con raíces castellano-manchegas nos habla de todo ello y mucho más.

¿Cómo llegas al mundo de la cocina profesional?

JL. A. Si soy cocinero es porque en casa de mis abuelos maternos la cocina siempre ha sido la protagonista, el lugar donde la familia se reunía alrededor de una mesa en épocas vacacionales, como en Semana Santa, cuando hacíamos rosquillas (mi yaya era muy perfeccionista, pasaron años hasta que dio con una buena receta), bacalao con tomate…

En mi casa se ha hecho siempre muy buena cocina. Las mujeres (mi madre y la yaya) han tenido un don para esto. Ellas no vienen de una familia hostelera ni han sido cocineras, sino más bien cocinaban muy rico para su familia y tal vez ese talento y don por el arte gastronómico, a día de hoy, es mi herencia.

¿De qué te sientes más orgulloso dentro de toda tu trayectoria hasta la actualidad?

JL. A. He conseguido todo lo que me he propuesto en estos últimos 24 años de experiencias gastronómicas. Con mucho esfuerzo, sacrificio, aprendiendo de cada error y levantándome de cada uno de ellos para seguir desarrollándome profesional y personalmente. Estoy orgulloso de que gracias a esa obsesión, o mejor dichos sacrificios, he trabajado con grandes profesionales en sus casas, tanto de cocina tradicional como en alta cocina, los cuales han forjado y formado al cocinero que soy hoy en día.

¿Con qué tipo de gastronomía te sientes más identificado?

JL. A. La cocina de la simpleza, de territorio, humilde, una cocina sincera donde el producto es el protagonista, aunque detrás haya mucha historia que contar en técnicas y desarrollos de complejidad. La gastronomía que se transmite y me transmitieron mis raíces castellano-manchegas.

¿Cómo consigues aunar creatividad y tradición en las propuestas culinarias?

JL. A. Leyendo mucho, buscando inspiración desde el trabajo y las composiciones de colores de artistas en bellas artes. Mi hermana es una gran artista del pincel y observar su trabajo desde la visión de un profesional de la cocina te aporta mucho conocimiento al mezclar colores a la hora de encajar una elaboración en un plato como si se tratase de un lienzo. También observando mucho el trabajo de grandes compañeros del gremio, porque eso te aporta un gran abanico de tendencias y contrastes que alimentan tu registro culinario.

Con más de 20 años de experiencia en el sector de la restauración y la hostelería, ¿qué valoración haces de la evolución de la cocina a lo largo de todo este tiempo?

JL. A. Hemos cambiado mucho y traspasado muchas barreras. No nos hemos limitado solo a cocinar, sino que también hemos investigado en otras materias, como la física, química, matemáticas, lenguaje, interpretación… Al final, cuando usamos productos como texturas, gelificantes, estabilizadores, etc, no son más que medios físicos, químicos y matemáticos.

No todo es cocinar. La vajilla es una forma de leer e interpretar lo que un cocinero nos quiere decir (expresiones, tristeza, júbilo…). Cada vez más, la cocina es más sensorial y evolutiva, pero sobre todo arraigada a la tradición del festejo, sin olvidar de dónde venimos.

Dicen que la experiencia es un grado. ¿En qué lo notas tú?

JL. A. Han pasado 24 años desde que estudié en la Escuela de Hostelería de Aranjuez I.E.S Alpajés. Ahora, después de esos años, no sé lo mismo cuando empecé que lo que sé a día de hoy.

Si rebobináramos la cinta del cassette y miráramos hacia el pasado unos instantes e hiciéramos una pausa por cada momento vivido, nos daríamos cuenta de que somos muy afortunados de haber vivido todo aquello. Hemos trabajado en grandes casas, con grandes profesionales, tenemos infinidad de amigos y compañeros, porque si estuviéramos trabajando en una oficina, siempre serían los mismos compañeros durante 40 años o hasta que uno se jubilara.

La cocina te ayuda a viajar, somos un poco nómadas, como en mi caso por no tener una estabilidad profesional continua, aunque ya va siendo hora de tenerla… Al final, la experiencia te aporta sueños cumplidos, historias vividas (dulces, saladas, amargas y ácidas), conocimiento del medio y vivir en muchos casos en las nubes (reconocimientos).

¿Qué es para ti el éxito como chef?

JL. A. Un buen feedback del cliente por su grado de satisfacción. Que el cliente repita y hable de nosotros por el buen trabajo que hacemos.

Pero el éxito viene a través de trabajar con un buen equipo estructurado, organizado y liderado como si fuera una piña, donde cada piñón tiene su valor y determinación para desarrollar el equipo y conformar una unidad (tarea difícil, pero no imposible).

Como apasionado de la innovación en el ámbito gastronómico, ¿hacia dónde van las tendencias de la cocina?

JL. A. Volvemos nuevamente al origen, a una cocina más humilde y sencilla, pero rica en técnicas y conocimiento, donde en un plato podemos apreciar y reconocer lo que es, sin necesidad de enmascararlo.

¿Cómo visualizas tu futuro a nivel profesional?

JL. A. Por el momento encontrar mi sitio, o mejor dicho, un buen proyecto donde se valore el trabajo realizado por el equipo. A veces una palmadita en la espalda o un simple ‘gracias’ es la mayor recompensa por un trabajo bien hecho.

En algún momento de este tiempo, a un futuro a corto plazo, me gustaría volver a emprender en algo pequeñito, que sea fácil de manejar entre dos personas para 20 cubiertos y desarrollar nuestra cocina de raíces y experiencias vividas.

Has participado en eventos y concursos nacionales e internacionales; uno de los últimos, el del Cocinero del Año 2024, celebrado recientemente en Murcia. ¿Qué te aportan este tipo de concursos? 

JL. A. Experiencia, conocimiento e investigación en técnicas que has oído hablar, pero no has trabajado ni puesto en práctica. Al final, es una ventana abierta hacia un pulmón de aire libre. Además, los concursos también en ocasiones se utilizan para romper con la rutina diaria de la cocina como una válvula de escape. También para poner a prueba nuestra valía. Mi consejo es que si sientes ese impulso de competir, hazlo, porque son espinitas que vamos a llevar clavadas de por vida si no lo intentamos alguna vez.

Al final el competir es como un deporte más, solo que cambiamos el balón por huevos, la raqueta por sartenes y el palo de golf por varillas. Somos atletas que entrenamos duramente después de nuestra jornada laboral, buscando el éxito de nuestra receta y alzarnos en el pódium.

Alberto Molinero es uno de los chefs y empresarios hosteleros más reconocidos de Burgos. A sus 45 años, acaba de conseguir su primera estrella Michelin con su proyecto más personal, ERRE de Roca. Abierto hace poco más de un año, en este moderno local de Miranda de Ebro, Molinero volvió a ponerse tras los fogones y a “sentirse cocinero”.  Y lo hizo, sin dejar de lado sus otros establecimientos del grupo: La Roca, Viva y Mercado by La Roca (que ha replicado en Pozuelo y Bohadilla del Monte) y un obrador Cocina Central que elabora platos y preparaciones de quinta gama, una sección de catering para eventos y en breve un nuevo local. 

Ahora bien, ni todo el éxito cosechado con estos restaurantes, que no es poco, se puede equiparar con la satisfacción de haber entrado en la Guía Roja con una estrella. Un sueño hecho realidad. Como lo fueron antes otros, como el quedar finalista de la segunda edición del Concurso Cocinero del Año, otro de los hitos en su carrera.

Alberto, ¿sueño cumplido con la primera estrella Michelin? 

AM. Sueño cumplido, al final todos los que nos dedicamos al mundo de la cocina y realmente disfrutamos de este oficio, alguna vez soñamos con tener una estrella y bueno, yo creo que es el reconocimiento más importante para un cocinero. Personalmente, estoy muy satisfecho.

Cuando se alcanza la cima, se suele pensar ¿y ahora qué? ¿Y ahora qué metas te marcas? 

AM. Alcanzar la cima es mucho decir. Esto es un sueño cumplido y estoy muy satisfecho porque esto es un reconocimiento muy importante para un cocinero, pero a nivel de ERRE, ahora mismo, lo que nos planteamos es hacer fuerte esta estrella y hacer un proyecto aún más firme. Y, por otro lado, el resto de restaurantes de la firma necesitan su impulso diario y su mimo. ¿Lo siguiente? Seguir avanzando, pero afianzando.

De hecho, tu trayectoria está plagada de grandes triunfos profesionales. Fuiste finalista de la segunda edición del Concurso Cocinero del Año y ganaste el primer premio al Mejor Aperitivo ¿Cómo recuerdas aquella experiencia? ¿Recuerdas por qué te presentaste?

AM. Sí, ese concurso lo recuerdo con muchísimo cariño. De joven me apunté a muchos concursos. Al final, a los que nos gusta este mundo, el tema de los concursos también nos llama la atención. Es una forma de medirse con otros compañeros, de seguir aprendiendo y de coger experiencia. Para mí ese premio fue un antes y un después en mi carrera. Gané la semifinal, y en Barcelona el premio al Mejor Aperitivo. Aquello fue como un clic en mi carrera. A partir de ese momento ya la gente me conoció más allá de mi pueblo, en Burgos, en Castilla y León. Tuvo mucho impacto y a partir de ahí mi carrera cambió profesionalmente. Yo seguí mejorando, intentando aprender siempre… Pero fue como un reconocimiento personal que me impulsó a hacer lo que hago ahora. Fue como una motivación extra y por eso, le estoy muy agradecido a ese concurso.

Volvamos al presente. Los de la Guía Roja han destacado de ti y tu restaurante que es de esos lugares “donde se disfruta a espuertas y… ¡A los que no se les puede poner un pero!”. Sin embargo, seguro que uno mismo puede hacer algo de autocrítica. Si tuvieras que ponerle un ‘pero’, ¿habría alguno?

AM. Me alegro mucho de que no pusieran ningún “pero”. Pero, evidentemente, a todos los sitios y cosas se les pueden sacar “peros” y nosotros no somos menos jajajaja. Nosotros tenemos nuestro estilo y forma de hacer las cosas. Creo que estamos bien afinados, pero siempre hay cosas mejorables, sobre todo en el mundo de la cocina, que no paramos de aprender. Aunque todos los días hagamos un poco las mismas cosas, los platos siempre están en constante evolución y, al final, te das cuenta de que todo es mejorable. Que está muy bien, pero siempre puede estar mejor. 

¿Qué piensas que más ha fascinado a los de la guía roja? 

AM. Creo que nuestro estilo de cocina basado mucho en la temporalidad del producto y el sabor, que es por lo que apostamos. Yo diría que hoy en día no somos una cocina muy sofisticada, porque no contamos historias, solo contamos el plato e intentamos que sea algo sencillo con el fin de potenciar el sabor. A veces, por querer diferenciarte, se tiende a abusar de ingredientes y complementos, técnicas… Nosotros somos lo contrario. Mi filosofía en esto es que menos es más.

¿Cuáles son las claves que hace único a tu establecimiento y a tu cocina?

AM. Las claves del establecimiento… Es un restaurante pequeño, con 6 mesas abiertas totalmente a la cocina porque la sala se integra en la cocina y viceversa. Lo que queremos es que el cliente se sienta bien atendido, como en casa… y transmitimos mucho la esencia de la cocina. Sobre la cocina, nos centramos en el producto principal, el sabor y la temporalidad.

Ahora, con este reconocimiento, ¿cambiará algo en ERRE de Roca?

AM. Es un impulso para seguir avanzando, trabajando y mejorando. Para nosotros ha sido muy importante porque nos posiciona en el mapa. Nos da más visibilidad, pero tenemos que seguir para adelante y seguir mejorando. Tenemos que seguir afianzando esta estrella que nos han dado.

Para uno mismo siempre es complicado autodefinirse, pero si tuvieras que hacerlo, ¿cómo definirías a Alberto Molinero chef, y su cocina?

AM. Como cocinero, tengo 45 años, mis referentes han sido Santi Santa María, Joan Roca… vengo un poco de la cocina clásica. Me gusta mucho la cocina francesa, esos valores del producto, la tradición y sus bases, aunque ahora yo presente los platos actualizados e incluso un poco vanguardistas visualmente. Pero la esencia del plato es la cocina tradicional. Yo me considero un cocinero de los de siempre, de escuela y luego formado en diferentes cocinas… Aunque he trabajado en todo tipo de cocinas, yo me considero un cocinero de a pie, que se ha hecho a sí mismo, aprendiendo de los cocineros que me han llamado la atención.

¿Qué fue lo que te hizo ser cocinero? 

AM. Siempre he querido ser cocinero. No tengo referentes en mi familia, pero en mi casa siempre se le ha dado mucha importancia a la comida. Mi madre cocinaba muy bien y desde que era pequeñito siempre me ha gustado. Lo primero, porque me gustaba comer -creo que es un buen comiendo- y a partir de ahí, me empieza a llamar la atención, empiezo a cocinar con mi madre… Pero el restaurante como tal no lo he conocido hasta después de la escuela. Y la verdad es que nunca he querido dedicarme a otra cosa. 

De tu formación, de tu paso por otros locales, ¿quién marcó tu forma de cocinar, quién te inspiró más?

AM. La cocina francesa. He estado trabajando en Francia, y ha sido siempre un referente. Joan Roca, Santi Santamaria… La cocina catalana también ha sido fundamental en mi formación. Pasé casi 5 años en Cataluña -Celler de Can Roca y Santi Santamaría- y ellos han sido mis referentes. Y creo que la influencia catalana la tengo aún en mi restaurante… Trabajo mucho el mar y montaña, tan típico de la cocina catalana y está presente en muchos de mis platos. En los menús siempre hay un mar y montaña. 

En Erre de Roca has tocado el cielo. Pero solo es la punta de lanza de un gran grupo de restauración, el Grupo Roca, con otros tres restaurantes en Miranda, uno en Condado de Treviño y dos en Madrid, además de un obrador y un servicio de catering, y que está a punto de inaugurar un nuevo establecimiento en Vitoria-Gasteiz. ¿Cómo se logra gestionar todo sin dejar de estar al frente de tu proyecto más personal?

AM. La estrella es un gran premio y para mí, es como cerrar un círculo. Un poco como cuando fui finalista del concurso Cocinero del Año, Cocinero Revelación… Y durante 10 años me he dedicado a hacer los restaurantes La Roca, y cuando empecé -ahora van a ser ya 8 restaurantes cuando abramos en Vitoria-. Pero cuando empecé con el primer local, La Roca de Miranda, un local pequeñito, de 50 m2, yo no sabía a dónde iba a llegar… Simplemente, fueron sucediendo las cosas y en eso es clave el equipo del que me he rodeado. Hemos ido construyendo esta familia que somos ahora de gente y proyectos y la verdad es que estoy súper contento.  Después llegó el obrador, el tema de bodas… todo un poco pasito a pasito, hasta llegar a ERRE. Con este proyecto decidí montar mi restaurante, para mí, para hacer mi cocina… e intento estar en ERRE el mayor tiempo posible, porque me gusta ver a la gente y la gente viene a verme… ERRE es muy importante, pero todo lo demás también. Al final, intento dividirme, pero, todo esto es posible gracias al equipo que me rodea. 

Finalmente, un sueño de futuro.

AM. La estrella lo ha sido sí… La verdad es que nunca lo había imaginado… Sigo soñando pero no sé con qué en concreto, porque ahora mismo solo quiero afianzar lo que tengo y seguir ahí, como hemos hecho siempre, sin prisa pero sin pausa y haciendo las cosas lo mejor posible.

 

Villaviciosa es un municipio influenciado por la ría y por la mar. Un lugar donde se puede disfrutar de una rica gastronomía, más allá de la deliciosa fabada con compangu y pote asturiano, tan típicos de la zona. Así lo demuestran en su casa de comidas Iñaki Gómez González (Merodio, Asturias, 1994) y su compañera Lola. En el restaurante Alenda, ubicado en una encantadora casita rural, el chef ofrece platos con un sello muy personal. Los sabores equilibrados ensalzan el entorno y sus productos. Así, en una carta dominada por los pescados frescos de lonja, también se cuelan otros muchos, como el Rotti de cochinillo con salsa de naranja de su huerto. 

Y es que, en Alenda practican la auténtica cocina de Km0. Una apuesta por la sostenibilidad que se decora con técnica y presentaciones que entran por los ojos.

Miremos un poco al pasado. ¿Cómo acabaste en el mundo de la cocina profesional?

IGG. Mi ilusión siempre fue ser productor musical, pero el verano antes de decidir los estudios me llamó mi tía, la hermana de mi madre, para pedirme ayuda en su local. Ella regentaba un establecimiento de menú del día y carta en Palencia. Lo probé, y allí me picó “el bicho de los fogones”. Y  es por ello que decidí estudiar cocina. Lo hice en la Escuela de Cocina de Llanes. 

Pero es cierto que en mi familia siempre ha habido grandes cocineras. Mi abuela tenía el don de guisandera y de la misma manera lo heredó mi madre. Yo vengo de una familia humilde donde lo más importante era la buena alimentación y el cariño y el amor se demostraba a través de la comida. En cuanto viví la experiencia con mi tía, me di cuenta de que cocinando hacemos feliz a la gente. Creo que no hay nada más gratificante que eso.

¿A quiénes consideras tus “maestros”?

IG. Mis grandes referentes son Nacho Manzano y Javier Olleros. Cocineros de territorio, con arraigo y un discurso natural, muy orgullosos de sus productos y su zona. Es así como yo entiendo la cocina.

¿Cómo definirías, por tanto, tu cocina? 

IGG. Es una cocina basada en la tradición, de fondo y guiso con una interpretación más llevada a hoy en día. Es una cocina cercana y de entorno. Muy basada en el producto de cercanía: lonja, ganadería y cultivo de nuestra huerta. Cocinamos nuestro paisaje, mar y montaña. Cocinamos Asturias.

Iñaki, recientemente te has presentado al Concurso Cocinero del Año. ¿Por qué decides presentarte al certamen?

IGG. Me presenté al concurso, sobre todo por la experiencia y el negocio. Creo que este tipo de concursos promueven el compañerismo y la camaradería, dos cosas que creo que son muy importantes para el futuro de la gastronomía en España. Para la nueva generación de cocineros es una aproximación a los grandes profesionales del panorama culinario actual. Además, el concurso brinda oportunidades y experiencias hermosas y muy enriquecedoras. A nivel profesional, pero también a nivel personal. Yo de la experiencia me quedo con los compañeros que hemos conocido.

Fuiste al certamen con "tus mejores cartas" ¿Cuál es tu mejor plato, aquella receta de la que te sientes muy orgulloso?

IGG. La Merluza del pinchu. Me siento más cómodo cocinando pescado, como es algo natural por la zona donde cocina. Y dentro de los pescados, la merluza es mi producto fetiche. Es un pescado que representa el Cantábrico: necesita esas corrientes frías y duras para conseguir su máxima expresión. Es delicada, elegante y requiere destreza en su elaboración.

Cuéntanos más sobre Alenda. ¿Cuándo inicias esta aventura y por qué en Villaviciosa?

IGG. La semilla de Alenda se plantó cuando conocí a Lola. Como cocinero creo que muchos esperamos llegar a un momento en el que podamos crear nuestros propios platos y tener un espacio propio para ello. Lola también tenía esa ilusión desde siempre. Alenda es un ensamblaje de nuestra pasión, estilo de vida y deseos de futuro.

Y la aventura comienza en la pandemia, cuando los dos estábamos trabajando en el mismo sitio y nos vimos afectados por un ERTE. La situación se dilató, nervios, miedos… El restaurante no iba bien y tuvimos mala suerte con los propietarios y empleadores. Otro de los motivos que nos animó a apostar por nosotros fue este.

Y ¿por qué Villaviciosa? Pues, porque la familia de Lola tiene una casa de campo en Rodiles. Es donde vivió en su infancia y donde compartimos el tiempo de la pandemia. Nos sentimos como en casa estando en esta zona.

Y decidisteis bautizar vuestro proyecto con el nombre de Alenda…

IGG. Sí, porque en asturiano significa tomarse un tiempo para respirar. También significa olfatear. Y vivir, fluir. Y todo eso es lo que esperamos y pretendemos que experimenten aquí, en casa, nuestros clientes. 

Pescado, verduras… ¿Te consideras un cocinero Km 0? ¿Y sostenible?

IGG. Pescados de la lonja de Lastres (6 km) y Tazones (17 km). Verdura de cultivo propio (manejamos una huerta de 1500 m2) por permacultura. Creemos que la economía circular es lo más sostenible para el planeta. Tratamos que todos los productos del restaurante sean de 30 km a la redonda. Pero la sostenibilidad en la gastronomía va mucho más allá. Importa la fuente de energía que consumes. El desperdicio que haces, cómo lo gestionas, evitar mermas, crear platos de aprovechamiento.

Tratamos siempre de tener el producto justo y necesario, evitar usos de plástico o productos químicos agresivos. Damos una segunda vida a la mantelería cuando pierde calidad para poner en mesa.  La sostenibilidad es algo complejo que abarca mucho más que ser solo dos empleados en el restaurante.

¿Cuál es tu relación con tus proveedores? ¿Cómo los eliges y qué deben tener para que lo sean?

IGG. Para mí, lo primero es que sean personas. Me parece imprescindible trabajar con buena gente. Obviamente, el producto tiene que ser excelente. Conocemos mucho nuestra zona y por ello a los productores locales. También conocemos a muchos a través de segundos. Entonces intentamos concertar una visita y conocer al posible productor. Nos importa mucho también los métodos que emplean en el cultivo, cría o elaboración del producto.

¿Te ves en el futuro cocinando en una gran urbe?

IGG. No, nunca. Somos gente de campo, necesitamos la brisa marina y el olor a prado. Además, nuestro concepto y estilo de vida no encaja en una gran (ni pequeña) ciudad. Alenda está en una aldea de 12 personas y esperamos que así siga por mucho tiempo.